No son muchos los lugares en la Península Ibérica en los que podemos encontrar al pico mediano, repartiéndose de forma discontinua en la cornisa cantábrica. Cuando estuvimos en Otazu nos recomendaron un hayedo cercano a Aberasturi, que colinda con la vía verde. En un primer intento fuimos andando por la vía verde hasta que ya entramos en un tramo de bosque. Hablamos con la gente del lugar y cuando le preguntamos por el hayedo se sorprendieron y no entendían muy bien por qué alguien iba a tener interés en esos pocos árboles. Y es que para ellos, residentes de la zona, semejante bosque no tenía el mismo valor que le damos los turistas de Naturaleza. No fuimos capaces de encontrar al pico mediano, aunque tuvimos un encuentro muy gracioso con un jabalí, que también estaba haciendo uso de la vía verde caminando tranquilamente por ella.
Otro día hicimos un segundo intento, esta vez mejor informados y preguntando a los aldeanos, dimos con las balsas en los que pudimos ver numerosas fochas y algunos somormujos. Unos lugareños nos preguntaron si íbamos a ver pájaros al ver nuestros prismáticos. Muy agradables y risueños, nos dieron conversación sobre las aves que conocían del lugar y sobre los caminos que podíamos tomar por el bosque. Su amabilidad me recordó mucho a mis paisanos gaditanos.
Era ya algo tarde, por lo que hicimos una visita breve, disfrutando del bosque el cual nos impresionó gratamente, aunque también vimos cosas muy desagradables, como la explotación maderera que está acabando con el hayedo, abriendo amplios caminos y desfragmentando la masa forestal. O los escondites para la caza del corzo.
Con el lugar más estudiado, al día siguiente hicimos un tercer y nuestro posible último intento de encontrar el pico mediano, ya que al día siguiente nos íbamos a Urdaibai. Subimos el monte alejándonos del sonido de las sierras mecánicas mientras arrendajos y petirrojos vigilaban a estos dos extraños intrusos que intentaban hacer el menor ruido posible y hablaban bajito. Incluso, nos topamos con un sorprendido corzo.
Subimos toda la ladera hasta encontrar una pequeña pradera con un tronco caído y allí nos sentamos. Algo me dijo que ese era el lugar en el que teníamos que hacer la espera.
El joven petirrojo de la izquierda, muy orgulloso de que su pecho ya se le estaba poniendo naranjita, nos estuvo mirando atentamente mientras esperábamos en silencio.
Y después de un rato, surgió la magia: el bosque silencioso empezó a llenarse de sonido gracias a una familia de mitos, dos carboneros palustres surgieron de la nada y a su vez, allí estaba, el pico mediano. Solamente pude verlo unos segundos subiendo por un tronco entre la maleza para desaparecer al instante. Con la emoción fui a buscarlo, pero ya no estaba cuando llegué al árbol muerto en el que se encontraba.
Sin duda, mereció la pena la búsqueda por ese momento inolvidable.






