16 noviembre, 2015

El terror llamó a mi puerta



El terror llamó a mi puerta. Otra vez. No quiere que lo olvide. Él sigue ahí fuera, mar embravecido, odio por bandera, va devorando las almas que encuentra en su camino. En la atalaya a la que logré subirme puedo ver la crecida del río, la lluvia escuece en las heridas del camino. Todo tan reciente y tan lejano. Lo sé, no es suficientemente alta. No soy rica, no tengo poder. Ni siquiera soy un hombre. Una persona como yo qué puede hacer. Le tuve que abrir.



Miro el mapa de nuestro mundo y esas líneas que alguien dibujó. Las observo con tanta ignorancia como un pájaro lo haría. Océanos que absorben tus últimas fuerzas, desiertos que pueden helarte, montañas poderosas capaces de frenar tormentas. Sus alas son su pasaporte. Las dueñas de mis sueños dorados, estando dormida y estando despierta, ellas me recuerdan: Carmen, esas fronteras son una mentira. 

Como escalofrío que sube por mi espalda, él se apodera de mi cuerpo y me susurra al oído. Tiembla, teme, encógete entre tus sábanas. Puedes ser tú la siguiente. Y tus anhelos y esperanzas se derramarán en el olvido como tu sangre en la tierra. No te permitiré que lo olvides, por mucho que corras e intentes huir, tú me perteneces, tú eres mi posesión. 

Siempre tardo unos minutos de más al cruzar esas líneas. Soy blanca, pero no lo suficiente. Mi nombre es cristiano, pero también árabe. En mis orígenes se mezclan esos bandos que él quiere bien separados, como el bien del mal. A pesar de ello, doy gracias de que mi llave aún funcione. Quién sabe cuánto puede durar estos caprichos fronterizos. 

Todavía me queda algo de osadía en mi miedo y soy capaz de mirarlo de frente. Su aliento es hediondo como la muerte. Con su mano gélida me agarra para arrastrarme a esa inmensidad de confusión. Todos tienen algo que decir. Todos quieren convencerme de su verdad absoluta. Yo solo quiero callar. 

De nuevo otra vez esa pesadilla. Arrodillada, abro los ojos. Mis manos están teñidas de rojo. Mi sangre se derrama de mi vientre. No siento dolor, solo el calor que se escapa. Miro al frente y veo el flujo del río inmerso en una niebla suspendida. Sigo viva y ahora lo sé, es el mismo río que hoy crece. 

No hace falta ni que llames a la puerta, deberías recordar que somos viejos conocidos. Y no te preocupes, no te olvido. Siempre estás presente en mis pensamientos, y es esa, tu presencia, la que se entreteje en mi garganta y no me deja hablar. Intentas penetrar mi carne con tus uñas putrefactas, pero ya te has dado cuenta de que mi piel se congeló con el frío del norte. Seguiré observándote desde mi humilde atalaya. Y no, no temo a caer de nuevo, mi libertad siempre estará a salvo entre sus alas. Ya deberías saber también que, hace tiempo, dejé de correr. 





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