12 junio, 2015

De las aves que no anillé en Israel


Son varias las personas que me han animado a seguir escribiendo en mi blog en estos días, desde mi madre hasta amigos y conocidos. Después de tanto tiempo sin publicar nada, y teniendo tanto que contar, agradezco esos ánimos. 

Mucho que contar, pero muy difícil de explicar. Me resulta bastante arduo el separar el trabajo que desempeñé en la estación de anillamiento de Eilat con los cambios que ha supuesto en mi manera de ver mi propia vida. 


Hace ya años que tanto mi corazón como mi razón llegaron al acuerdo sobre tener el mismo objetivo. No creo que haga falta decirlo. Muchas personas se sienten perdidas respecto a este hecho, y yo me siento muy agradecida de poseer semejante claridad. Pero una cosa es tener claro tu objetivo y otra llegar a él. "Quién algo quiere, algo le cuesta" decimos.

Estoy muy preocupada por las nuevas generaciones. Cómo esperan a que se les diga qué tienen que hacer, cómo esperan a que tú pienses por ellos, cómo ni si quiera son capaces de hacer las tareas más simples, cómo exigen sin esforzarse lo más mínimo. Esperan ese maná que cae del cielo. 

Podría empezar a hablar de todas las aves que pude observar, que pude anillar en Israel y todo lo que ellas me enseñaron, pero ya os he dicho que esto no va a ser las típicas entradas de pajareo en este país. Fueron muchas las que me quedaron en el tintero, como esos bandos de boyeras con tantas subespecies, las cuales correteaban por las arenas de los campos de cebollas. Mis ojos se salían de los prismáticos. 

No olvidaré la tarde en que salí corriendo a buscar a mi compañero Euan. De repente toda la laguna de agua dulce se había llenado de fumareles aliblancos. Bajaban tocando la superficie del agua con su pico a la caza de insectos. Montamos las redes de larolimícolas como hacíamos todas las tardes que no hacía viento, pero con el nerviosismo incluido de ver semejante espectáculo y sabiendo que, tan rápido como habían llegado, podían desaparecer. 

Efectivamente, en esa jornada no anillamos ninguno, y yo regresé a España sin haber podido vivir ese momento. A los pocos días de mi vuelta, Euan, el cual siguió trabajando allí un mes más, me mandó esta foto: 



Algo me dice en mi corazón que esta no va a ser la única vez la estación de Eilat me necesite. Espero que así sea, porque yo la necesito aún más que ella a mí. Por todas esas aves que no vi, todas aquellas que no anillé, todo lo que me quedó por aprender, merece la pena seguir luchando y nunca conformarme con lo que ya he conseguido.

Pero lo dicho... hay que saber esforzarse incluyendo cada detalle, enfocarse y responsabilizarse. Y si crees que son tonterías, que no merece la pena, que ese estudio o trabajo no te va a aportar nada ¿qué haces perdiendo tu tiempo? 

Para todas esas personas unos pocos años más joven que yo, pero tan perdidas en nuestro catastrófico país, haceros un favor, no permitáis que los demás decidan por vosotros y encontrad ¡ya! qué es lo que realmente os motiva, cuál es vuestro sueño. ¡Trabajad duro para conseguirlo!. Mi sueño tiene alas, así que os podéis imaginar lo que me tengo que esforzar yo para alcanzarlo. Sé que a veces las cosas no salen como querías, pero también he aprendido que todas las decepciones fueron necesarias para ir encauzando tu propio camino.

Las aves no temen al cambio, su propia vida es un cambio continuo en sí misma. Y yo no podría estar más enamorada de esta realidad.





2 comentarios:

  1. Estoy bastante de acuerdo con tu análisis. No obstante, el problema es que a veces, aún teniendo claro tu objetivo y estando dispuesto a poner todo tu esfuerzo y dedicación en ello, los recursos disponibles son tan exiguos que, en la práctica, resultan casi irrealizables (aunque eso depende fuertemente de la naturaleza del objetivo en cuestión claro). Y más cuando las cosas están montadas de tal forma en la que para conseguir dichos recursos hay que renunciar a ciertos principios morales, como podría ser colaborar a la economía especulativa a través de algún préstamo bancario o similar (y eso teniendo la suerte de poder conseguirlo jeje)

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    1. Gracias por tu comentario, sinceramente era el justo que me esperaba con esta entrada. Por supuesto que cada persona tiene su realidad y sus limitaciones, pero también te puedo asegurar que muchas de ellas están dentro de nuestra cabeza. Te puedo poner un ejemplo de mi vida: desde mi primer día de carrera supe que la licenciatura no me iba a servir para nada ni enseñar nada útil para encontrar trabajo. Aún así por imposición social lo hice. Sin embargo, diré a mi favor que todos esos meses de verano que tenía la oportunidad de buscar una formación real, los aproveché al máximo. ¿Sabes cuánto gasté en tres meses viajando por la Península Ibérica formándome en campañas y voluntariado ambiental? concretamente 175 euros (incluyendo transporte). Eso sí, ¿sabes cuántas personas he conocido capaces de pasarse tres meses trabajando y conviviendo con desconocidos a cambio de alojamiento y comida, olvidarte de placeres como una bebida en un bar o ir al cine, limitar tus gastos a lo que realmente necesitas? no tantas como pudiéramos creer en época de crisis. Gracias a ese esfuerzo he tenido mi trabajo actual y oportunidades como la que tuve en Israel.

      Lo dicho, entiendo que cada persona tiene sus problemas... pero también muchas veces somos nosotros mismos los que nos limitamos y nos conformamos en lugar de buscar otras posibilidades y trabajar duro por conseguirlas.

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